sábado, 23 de febrero de 2013


ENCUENTRO AL ATARDECER


Caroline se incorporó bruscamente en la cama y llenó sus pulmones de aire con una inspiración profunda. El corazón le latía furioso en el pecho, las horribles imágenes  aún seguían vívidas en su mente. El sueño había sido tan real.

La luz de la luna penetraba en el dormitorio a través de las vaporosas cortinas entreabiertas, y soplaba una leve brisa templada que jugueteaba a su antojo con las telas del hermoso dosel. Curiosas sombras se movían sobre los muebles de la habitación, como serpientes que se arrastraban amparadas por la oscuridad.

Deslizó un pie fuera de la cama, y después el otro, sintiendo el suelo desgastado de madera. El pulso comenzaba a recuperar su ritmo normal, mientras ella se dirigía hacia el balcón. El camisón se movió acariciando su piel, y su vello se erizó con el ínfimo contacto, desatando sus sentidos. Comenzó a imaginar que eran las manos de Lord Stonehill las que recorrían su cuerpo desnudo. Por la curva de su hombro hacia cada una de las vértebras de su espalda. Hacia la redondez de su trasero. O siguiendo la línea de su abdomen tenso hasta llegar a su rincón más prohibido, para desatar un torbellino de sensaciones. Ella misma hizo ese recorrido con su mano ardiente, ahogada en el deseo.

Un cielo plagado de estrellas recibió a Caroline en el exterior. ¿Qué pensaría su esposo si supiese de sus anhelos? ¿Si supiese que ella soñaba con otro hombre mientras él dormía con alguna otra en la habitación de al lado? Aunque esta noche había sido diferente: no había soñado con un encuentro prohibido en la iglesia derruida de la colina, sino que su esposo mataba al único hombre que ella había amado. Al único que le hacía levantarse cada mañana con la esperanza de verle para arrancarle tan siquiera una sonrisa, o un leve roce.

Era imposible.

Quizás Lord Stonehill ni siquiera se hubiese dado cuenta de lo que había despertado en ella. Era amigo de su esposo desde la infancia, y si bien se había portado siempre como un caballero, eso no quería decir nada más. Ojalá sus padres le hubiesen escogido a él como marido. Pero no. Habían elegido a Lord Huntting, un hombre áspero, incapaz de dar cariño. Su matrimonio era una farsa, una pantomima como tantas otras en su vida. Quizás la mejor interpretada. Durante los primeros meses la había querido dentro de su cama, pero pronto se había cansado de ella, y se conformaba con disfrutar de las criadas.

Volvió despacio hacia la cama vacía y deshecha. Intentaría dormir un poco más, hasta que la luz del sol entrase a despertarla.

 

−Lady Huntting, ¿le apetece un poco más de té? −preguntó la doncella con una sonrisa en los labios, mientras sostenía en su mano la tetera de porcelana decorada sujeta con un paño−. Apenas ha desayunado.

Caroline miró de reojo hacia su esposo mientras negaba con la cabeza. Masticaba lentamente un pedazo de pan con mantequilla mientras leía el Times. Ni siquiera le había dirigido la palabra desde que se habían sentado a la mesa en el jardín. Todo su saludo había consistido en un frío Buenos días, querida. Espero que hayas descansado, como cada día durante los últimos tres años.

Hacía un día realmente espléndido. Caroline apenas podía recordar un julio tan caluroso y seco, con el jardín tan lleno de color. Las clemátides plagadas de flores violetas y blancas cubrían los muros como verdaderas cortinas, y los arriates llenos de alegrías  y verbenas eran como pinceladas rosas, naranjas y lilas que contrastaban con el verde de la hierba. Por no hablar de los rosales, una explosión de colores que recorría los senderos delante de la casa, hasta donde alcanzaba la vista.

−Esta tarde iré a tomar el té con Lady Lillian Stonehill.

Lillian era la hermana menor de Lord Stonehill, y vivía con él en la misma  casa, puesto que los dos estaban solteros.

−Bien −respondió Lord Huntting, mirando por encima del periódico, sin mostrar ningún atisbo de interés en su voz.

Las distancias eran grandes, pero Caroline disfrutaba paseando hasta las tierras de su fiel amiga Lillian bajo el sol de la tarde. La sombrilla de encaje blanco le servía de parapeto frente al calor, y los árboles a ambos lados del camino aportaban algo de frescor al ambiente.

Divisó a lo lejos la mansión Stonehill, y su corazón se aceleró. Se trataba de una construcción típicamente inglesa, algo más antigua que la de su esposo, pero igualmente de piedra gris y ladrillo, rodeada por maravillosos jardines cuidados con mimo. ¿Estaría Lord Stonehill en esta ocasión? Quizás les acompañase a tomar el té, como tantas otras veces había hecho. Dejó de fantasear con eso y se desvió del camino en dirección a la vieja iglesia abandonada protagonista de sus sueños. Siempre que podía se acercaba hasta allí, para poder imaginar cómo sería su vida si sus padres no le hubiesen atado a ese hombre.

Los pájaros trinaban alegremente en las copas de los árboles, acompañando a la dama, que pronto entró en el recinto de la iglesia. Piedras grandes y pequeñas yacían aquí y allá como un testimonio de su antigüedad. Sin duda aquel lugar había sido magnífico, como así constataban los restos allí presentes, pero por desgracia había quedado en desuso cientos de años atrás, y ahora la vegetación se adentraba en los muros sagrados.

La dama se apoyó sobre el arco de piedra que hacía las veces de entrada principal, bajo la sombra de un roble joven. Cerró su sombrilla y la colocó a un lado. Una profunda tristeza se apoderó de ella, como una losa cayendo sobre su cabeza. Su vida era tan gris. Tan vacía.

Un ruido sobresaltó a la mujer, que de inmediato recuperó la compostura y miró asustada en derredor.

−¿Lady Huntting?

Ella se volvió hacia la voz.

−¿Lord Stonehill? −su pulso se aceleró y su respiración comenzó a hacerse más rápida−. ¿Qué hace…? −tragó saliva, intentando aparentar tranquilidad−. ¿Qué está haciendo aquí?

Él se acercó a ella, con paso firme y decidido, tras dejar su caballo atado al otro lado de la iglesia.

−Suelo venir a menudo. Me gusta la paz que encuentro aquí. Sólo yo… y el silencio.

Sonrió abiertamente, desarmando a Caroline, que sintió un sofoco subiendo por sus mejillas. De repente las piernas le flaqueaban, como intentando dejar de sostenerla.

−Aunque he de reconocer, sin embargo, que me gusta aún más con usted a mi lado. Ha sido una verdadera suerte coincidir aquí.

Se acercó un poco más, de forma que a Caroline le llegó su perfume masculino con la brisa cálida de la tarde, y sintió una aguda punzada de deseo en el bajo vientre, como un latido sordo.

−Lord Stonehill… −balbuceó ella, mientras daba un paso hacia atrás para escapar de la tentación. Él se estaba acercando aún más, en una clara provocación.

−Por favor, llámeme James, me gustaría oír cómo suena mi nombre en sus labios.

En sus ojos claros brillaba el fuego de la pasión, que comenzaba a asustar de veras a Caroline. Como el encuentro se prolongara unos instantes más, no sabía lo que sería capaz de hacer.

−¿Cree que ha sido una coincidencia? −él negó con la cabeza, alborotando sus mechones de pelo rubio−. El destino nos ha traído hasta aquí. No tengo ninguna duda.

Entonces abrazó la cintura de Caroline y besó sus labios carnosos, consumiéndose de deseo. Ella no opuso resistencia, y se abandonó a los brazos de ese hombre que tanto había amado en secreto. Pronto la lengua de él se aventuró dentro de la boca de la dama, degustando su sabor, explorando ávida sus recovecos. Sensaciones jamás imaginadas invadieron a Caroline, desarmando todos sus argumentos en contra de ese comportamiento inadecuado para una mujer de su posición.

−Cuánto he deseado este momento −musitó Lord Stonehill, deslizando sus manos hacia las caderas de la dama, oprimiéndola contra su cuerpo−. Dios sabe cuánto he luchado contra este sentimiento que me consume −bajó con sus labios ardientes por la piel suave del cuello hacia el pecho de ella, que subía y bajaba debido a su respiración entrecortada−. La amo, Lady Huntting… Caroline.

“¡Oh, Dios mío! ¿Será esto un sueño?”, pensó la dama. “¿Estaré sola en mi alcoba y esto no será nada más que el fruto de mi imaginación perturbada?”

Las manos de James desabotonando su vestido y luchando contra los lazos de su corpiño le dieron la respuesta que buscaba. Aquello no era un sueño. Estaba sucediendo. Como una respuesta a sus súplicas cada noche, el apuesto conde liberó los pechos y acarició los pezones enhiestos, dedicándoles toda su atención. Cuando Caroline creyó que ya no podía sentir más placer, él los introdujo en su boca y succionó haciendo que ella se arqueara hacia atrás, envuelta en un laberinto de sensaciones.

−James… −gimió, enredando los dedos en su pelo claro.

Sus gemidos prendieron aún más al conde, que remangó la falda de la dama, entre crujidos de enaguas. Su mano cálida se perdió debajo, hasta llegar a la entrepierna de ella. La besó de nuevo mientras jugueteaba con sus dedos, tragándose sus gemidos de placer, respirando su mismo aire. Entonces se apartó un poco de su amante y forcejeó contra la botonadura de su pantalón, ansioso. La tomó a horcajadas, colocando su miembro endurecido contra ella, y comenzó a penetrar poco a poco en su interior, alargando la espera, enloqueciendo a la dama.

−James…−susurró de nuevo Caroline, mientras le suplicaba más.

El conde aumentó gradualmente el ritmo, arrancando gemidos a su amante con cada embestida. Y los dos se perdieron en una espiral cada vez más acelerada, abandonándose al placer, persiguiendo enloquecidos el clímax que llegó instantes después, para dejarles exhaustos y saciados.

Comenzaron a ser conscientes de nuevo del paisaje que les rodeaba. Estaban apoyados contra el arco de piedra, y las viejas estatuas de piedra habían sido los testigos de su locura. El conde depositó en el suelo a la dama, con una profunda tristeza en el semblante.

−James… te quiero −musitó Caroline mirándole a los ojos−. Te quiero desde el preciso instante en que te vi por vez primera.

Él cerró los ojos, como si sus palabras le hiriesen en lo más profundo de su ser.

−No puedo imaginar mi vida con otro hombre que no seas tú −las lágrimas se agolparon intentando rodar libres por sus mejillas−. No puedo regresar a casa. Ahora no. No después de esto. Me duele demasiado estar lejos de ti.

La brisa cálida les acarició, deteniendo el tiempo durante unos instantes. James miró hacia ella, la mujer a la que tanto había necesitado.

−Vayámonos lejos, donde nadie pueda separarnos −tomó las manos temblorosas de Caroline con suavidad−. Yo tampoco quiero que regreses junto a tu esposo. Quiero comenzar una nueva vida junto a ti.

Los dos se fundieron en un beso, montaron en el caballo y se alejaron, a la luz del atardecer.

 

 

 

 

 

 

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