miércoles, 26 de junio de 2013


 
 
FELIZ ANIVERSARIO.

 

Me miras directamente a los ojos y sonríes como si no estuviera ocurriendo nada, como si aquel amor que me juraste hace tres años aún fuese el timón de tu vida.

Las demás personas del restaurante nos rodean sumidas en su propia realidad, no sé si mejor o peor que la mía, y yo hundo mi tenedor en los cuadraditos de pasta rellena que momentos antes me ha traído el camarero de acento italiano.

Ahora frunces el ceño de forma casi imperceptible mientras masticas, y me pregunto si es en ella en quién estás pensando. Ella, la que hasta hace unos pocos días era mi amiga y confidente, a la que revelaba todas y cada una de mis preocupaciones y desvelos acerca de tus cada vez más frecuentes ausencias. Qué ironía. Por la mañana yo le contaba lo distante que estabas conmigo, cuando las sábanas de su cama aún estaban tibias y olían a tu perfume.

Todavía recuerdo cuando ella nos presentó aquella tarde en el bar de debajo de la oficina. Ni remotamente podía imaginar que mi compañera de trabajo desde hacía dos años, mi otra mitad en la agencia de publicidad, podía tener esas intenciones contigo.

Un ruido me saca con brusquedad de mi diatriba interior, sobresaltándome. Es tu móvil, con la que era nuestra canción, The way you look tonight. Disculpándote con un gesto te levantas y te alejas para hablar, caminando hacia las cristaleras que dan hacia la calle bien iluminada.

Jugueteo con los trozos de cebollino que adornan mi plato, saboreando mi venganza. Nada mejor que este colofón final tras una semana de dolor e incredulidad al descubriros juntos el día de nuestro aniversario. Estúpida de mí, que compré una botella de vino y estrené el conjunto de lencería que tanto te había gustado del escaparate de Victoria´s Secret para ir a tu oficina a sorprenderte. Todos se habían ido ya, y tú me habías avisado de que te quedarías hasta tarde para adelantar trabajo antes de irte de viaje de negocios a Zurich. Un contrato de lo más interesante para la empresa, dijiste. Ahora sé que era un viaje para dos, y no exactamente para ti y para mí. Otra excusa más para reírte en mi cara.

Regresas tras tu breve conversación telefónica y tomas asiento de nuevo, recordándome lo especial que es esta cita para ti. Nuestro tercer aniversario. Y también el último, pienso para mis adentros.  El camarero se acerca y nos pregunta si todo está bien. Bien no, está perfecto. Me voy a librar de una carga pesada que no me deja vivir mi vida como yo quiero.  Dos personas a las que no les importo lo más mínimo.

El atractivo italiano me llena la copa del delicioso vino tinto y me sonríe, coqueteando descaradamente. Tal vez debería seguirle el juego, pronto seré una mujer soltera y sin compromiso. Pero ahora lo único que me importa es terminar con esto cuanto antes.

La puerta del local se abre dejando entrar el sonido de la calle al interior: risas, coches, un pitido. Desvío la vista hacia la entrada y la veo. Ahí está, mi compañera de trabajo y la amante de mi compañero de mesa, impecable como siempre. Su melena oscura y lacia le cae sobre los hombros y sigue la curva de su pecho. Camina hacia el maître, que le indica sin titubear nuestra mesa. Hemos quedado, en teoría, para cenar las dos solas, qué sorpresa tan agradable le espera.

Mi acompañante se atraganta y agarra con brusquedad su copa para vaciarla por completo, mientras yo sonrío con malicia y siento cómo la sangre inunda mis mejillas, rompiendo todas las barreras.

−Hola, Sandra −digo, recalcando cada sílaba, deleitándome en su cara de poema. De repente me parece muy pequeña e insignificante, incluso subida a sus tacones de vértigo−. Por favor, siéntate. Yo ya me iba. No quiero molestar a una pareja enamorada −sonrío con sarcasmo y me levanto con el corazón saliéndome por la boca−. Feliz aniversario, cariño.

Y me alejo de esos dos, dejando todo mi lastre en el restaurante. Eso sí, guiñándole un ojo al italiano y deslizando en sus manos mi número de teléfono. A nadie le amarga un dulce, y a mí, mucho menos.