sábado, 30 de julio de 2016

Primeras páginas de Tres deseos para Isolda.




CAPÍTULO 1
Un lunes peculiar


La canción llenaba el pequeño habitáculo del Seat Ibiza y su repetitivo estribillo martilleaba la cabeza de Isolda, que en ese momento se vio obligada a pisar el freno de forma brusca. No quería colisionar con una furgoneta de reparto en la salida de la autovía.
«Malditos lunes», pensó ella, torciendo el gesto y bajando un poco la ventanilla para respirar el aire fresco de octubre. La situación exigía paciencia.
La furgoneta pintada de blanco con una franja de un naranja descolorido arrancó y mantuvo la velocidad a unos veinte kilómetros por hora, para desazón de la mujer. Había salido temprano de casa, como de costumbre, pero ahora, como ese pesado no acelerase un poco, su puntualidad se vería comprometida.
Miró hacia el horizonte. Aún no había amanecido del todo sobre Madrid, y gruesos nubarrones que amenazaban con descargar en cualquier momento cubrían a un incipiente sol por el este.
Por fin llegó a la rotonda que daba acceso al polígono industrial donde se situaba la empresa en la que trabajaba desde hacía un año y, para su suerte, fue la única en tomar la primera salida. «Estupendo», pensó, y sonrió levemente observando el reloj digital del salpicadero. Llegaría con tiempo de sobra a su puesto. Odiaba llegar a última hora y tener que apresurarse para fichar.
Accedió al aparcamiento habilitado para los trabajadores del edificio y se apresuró a recoger su bolso y su maletín, recibiendo una bofetada de ambientador al volverse de nuevo hacia el asiento delantero. El café que había desayunado se le revolvió en el estómago, recordándole que no debía volver a comprar esa fragancia.
Salió y cerró el coche, percatándose de que comenzaban a caer pequeñas gotas de lluvia. Apretó el paso cubriendo su cabeza con el maletín y llegó a la puerta principal justo cuando las gotas se estaban convirtiendo en un verdadero aguacero. Por poco no se había empapado.
Atravesó el amplio vestíbulo saludando al vigilante nocturno de seguridad, que estaba a punto de terminar su turno. Este le correspondió con un seco «buenos días» y continuó en su puesto, tras una pequeña mesa con un ordenador. Los mostradores de información del enorme edificio de oficinas estaban vacíos a esa hora, así como el acceso lateral donde se congregaban los fumadores a la hora del café. Desde luego había llegado antes de lo previsto, lo que significaba que no tendría que aguantar la marabunta de los últimos cinco minutos. Subiría sola, sumida en sus pensamientos poco positivos bajo la luz cenicienta del ascensor.
Otra vez en el cubículo rectangular que la llevaba a su insulso trabajo, el que había conseguido gracias a la prima de la amiga de su vecina Marta. Ese en el que, por ochocientos míseros euros, debía soportar las monsergas de un jefe inútil que no tenía ni idea de dirigir un equipo. Pero, en fin, era así. Gracias a él podía pagar las facturas, así que apretó los labios y pulsó el botón del piso veintiuno.
Pero, de repente, un lustroso zapato negro interfirió en el mecanismo de cierre de las puertas de acero y estas se abrieron de nuevo. El cerebro de Isolda se detuvo un instante mientras miraba de frente, esperando ver aparecer alguna cara sombría que le diera los buenos días. ¿Tal vez Alberto, el de limpieza? Solía llegar pronto y de vez en cuando coincidían en el ascensor. No, Alberto no llevaba esos zapatos tan caros.
—Buenos días —dijo el hombre que acababa de aparecer ante ella en todo su esplendor, y al momento un intenso calor inundó las mejillas de Isolda.
—¿Adónde? —acertó a preguntarle mientras se movía hacia la hilera de botones, azorada, sintiendo como el masculino perfume invadía sus fosas nasales.
«Directa al paraíso», pensó para sus adentros. Sentía oleadas de calor recorriendo su cuerpo mientras las puertas se cerraban con un ruido sordo.
—Al piso veintiuno —contestó esa suerte de Michael Scofield de pelo rapado, girándose para terminar justo a su lado.
Su mirada, de un azul profundo, parecía haberla traspasado. Incluso ahora, inmóvil a su lado, podía sentir su fuego aunque no estuviera mirándola. De repente se alegró de haberse puesto ese vestido azul y no la falda de tubo, que la favorecía más.
«¡Por Dios! Que arranque el ascensor de una buena vez», pensó. «¿Por qué tarda tanto hoy?»
Su pulso se aceleró al sentir que casi le rozaba cuando, por fin, comenzaron a ascender. Isolda comenzó a repasar en su mente el traje gris, su corbata perfectamente anudada sobre la camisa oscura, su pelo cortísimo empapado y esos labios que…
«Un momento, ¿había dicho el piso veintiuno?».
—¿Vas a Santos Publicidad?
Lo miró de reojo mientras sus manos comenzaban a sudar, y su mirada la taladró de nuevo. Él asintió.
—Yo trabajo allí —soltó ella, sin esperar a que contestase.
—Me incorporo hoy. Sustituiré a Ángel Benavides, que ha solicitado el traslado a la delegación de Barcelona.
«Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. ¿Es mi nuevo jefe?», pensó atropelladamente dentro de su confusa cabeza.
—Soy Gabriel Aparicio.
Le estrechó la mano y sintió una descarga eléctrica recorriéndola de pies a cabeza.
—Isolda Abril —acertó a decir, con el corazón en la garganta.
El ascensor se detuvo, devolviéndola a la Tierra. Las puertas se abrieron y ambos salieron al vestíbulo por donde se accedía a la empresa, un espacio amplio y decorado con muebles blancos de estilo minimalista. Una fotografía de Manhattan de gran formato decoraba la pared del fondo, tras el mostrador de la recepcionista. A la derecha, en letras negras que resaltaban sobre la pared blanca, rezaba: «Santos Publicidad».
—No conozco Madrid. Me vendría de maravilla una guía que me lo pudiera enseñar.
El corazón de Isolda se detuvo y la sangre dejó de circular por sus venas.
«¿Qué ha dicho?», pensó.
Intentó responder algo, pero las palabras se atascaron en su garganta.
—Espero no haber hecho que te sintieras incómoda —dijo, dándose la vuelta y mirándola de frente.
—¡No! —exclamó sin la menor moderación en el tono, quedando como una chiflada—. Desde luego que no —rectificó, intentando calmarse—. Sería un placer.
«Oh, sí, por supuesto», pensó en su cabeza.
Él se relajó de nuevo y observó a su subordinada, curioso. No era ajeno a lo que había despertado en ella, y eso le divertía sobremanera.
—Hablaremos más tarde, entonces, señorita Abril.








CAPÍTULO 2
Encuentro en la estación


Isolda se despertó sobresaltada y se incorporó en su cama respirando de forma agitada como si hubiese estado sumergida largo rato. Jadeaba y estaba empapada en sudor, como cada vez que tenía ese sueño.
Miró hacia el despertador. Las cinco y diez de la madrugada.
Pasó la mano por su frente perlada y saboreó de nuevo la agria sensación que la invadía cuando Gabriel aparecía en sus sueños. Había recordado una vez más la forma en que lo había conocido, aquel fatídico día en el trabajo hacía ya cuatro largos años.
Apartó la sábana y la colcha, y se sentó en el borde de la cama mientras su corazón recobraba poco a poco su ritmo normal. Una luz tenue procedente de la calle se filtraba hacia el pequeño apartamento de aquel edificio del Lower East Side de Nueva York, iluminándolo suavemente. En ese momento una ambulancia pasó no muy lejos de allí con la sirena a todo volumen.
Pensó de nuevo en él. Y, después, en cómo se había enamorado como una estúpida, sin pensar en las consecuencias. Cerró los ojos y se lamentó una vez más por no haber sido más cautelosa.
Se levantó y se acercó a la ventana del dormitorio para comprobar si había parado de llover. En efecto, la calle estaba mojada pero el cielo comenzaba a aclararse, y el viento intentaba barrer los nubarrones hacia el oeste de la ciudad. No había muchos coches a esa hora, y las pocas personas se veían como pequeños puntos desde la ventana.
Se dirigió hasta la cocina y se preparó un café con leche, dándole vueltas a su vida ahora que ya estaba más calmada. Esos horribles sueños perturbaban su descanso cada vez que aparecían, aunque, por suerte, últimamente tenían lugar con menor frecuencia. Y reconoció que, pese al tiempo transcurrido, aún seguía aterrada por lo que ese hombre podría ser capaz de hacer si daba con ella. Afortunadamente, hacía ya tres años que había abandonado Madrid y se había trasladado a Estados Unidos con la esperanza de desaparecer para Gabriel. Con la esperanza de poder emprender un nuevo proyecto, su propia agencia de publicidad, y con la intención de comenzar una nueva vida lo más lejos posible de sus recuerdos.
«No», pensó sacudiendo la cabeza con rotundidad. No desperdiciaría ni un segundo más de su vida pensando en ese canalla.
Apuró el último sorbo de café sentada en su pequeño sofá y se dirigió hacia el baño, despojándose de su camiseta de dormir y abandonándola sobre el lavabo.
El agua de la ducha sobre su piel resultó ser el mejor remedio para alejarla de sus malos pensamientos. Dejó a un lado a Gabriel y se concentró en la última campaña que había llevado a cabo junto a su socia, Jessica Myles. Se trataba de una publicista graduada con honores por la Universidad de Columbia a la que había conocido casualmente pocos días después de aterrizar en Estados Unidos. Ella trabajaba por aquel entonces como becaria para una de las más prestigiosas agencias de publicidad de la ciudad de Nueva York. Pese a su impecable expediente académico, sabía que no podía aspirar a nada más en la empresa, ya que las vacantes por las que ella suspiraba estaban cubiertas con creces. Así que le contó a Isolda sus locas ideas y pronto ambas se pusieron a buscar una oficina para emprender su proyecto en común.
Los comienzos fueron difíciles, pero, tras un año de serios problemas económicos, los trabajos comenzaron a llegar y ellas alcanzaron a ver la luz al final del túnel. Por fin el esfuerzo comenzaba a dar sus frutos. Últimamente no se podían quejar. Isolda no había vuelto a tener problemas para pagar el alquiler, e incluso podía permitirse el lujo de ahorrar un poco. Su último trabajo, una campaña para una cadena de quince restaurantes de comida rápida de la costa este, les había reportado liquidez y, lo que era más importante, muy buenas críticas. Se estaban forjando una reputación. La agencia de publicidad Abril & Myles comenzaba a ser conocida y reconocida gracias a su tesón.
Secó vigorosamente su cabello lacio y oscuro con la toalla y se miró en el espejo. Se veía más guapa que de costumbre. Había ganado algo de peso últimamente, y eso que su vida era de todo menos tranquila.
A las seis ya estaba lista para ir al trabajo. Era muy temprano, pero al menos en la oficina podría adelantar temas pendientes, en casa no tenía nada que hacer. Así que cogió el bolso y las llaves, se puso su abrigo y su bufanda y salió.
No llovía pero hacía frío. Las autoridades habían anunciado que sería el mes de octubre más frío de los últimos diez años, así que Isolda ajustó su bufanda y apretó el paso, lamentándose por no tener coche. Había tenido que vender su viejo Seat Ibiza antes de marcharse de España. Le habían dado casi mil quinientos euros por él, que había utilizado para comprar su billete a Nueva York: su pasaje hacia una nueva vida.
Pronto observó en la lejanía la boca del metro, desdibujada por la neblina de la mañana. Aún estaba oscuro, por lo que, de repente, el camino se le antojó más peligroso e inhóspito que nunca. Quizás debía haber esperado a que amaneciera para salir de casa.
Una ambulancia pasó junto a ella y la salpicó con un charco, haciéndole dar un salto hacia atrás. Isolda ahogó una palabrota y bajó la escalera del metro apretando su bolso contra sí, deseando que el tren no tardase, convencida de que dentro se sentiría mejor.
El andén estaba desierto, como si se hubiera acabado el mundo e Isolda no se hubiera enterado. Allí abajo olía a humedad, la lluvia de la noche se había colado poco a poco por la escalera y había invadido todo con un desagradable olor a cloaca.
Isolda miró la hora en su reloj. Las seis y diez. Rogó para que el tren llegara pronto, mientras sentía su corazón golpeando con fuerza en el pecho. ¿Por qué tardaba tanto hoy? No debía haber salido tan temprano como para…
—¡El bolso!
El grito de un desconocido pegado a su espalda la dejó completamente paralizada, y ni siquiera pudo gritar. Al momento sintió el frío acero en la garganta y tragó saliva con dificultad, aterrada.
—¡Dame también el reloj, zorra! —dijo con voz ronca el ladrón, tirando del bolso hasta arrebatárselo.
Sin mover la navaja, el hombre asió con brusquedad la muñeca de Isolda e intentó sacarle el reloj por la fuerza, pero este no se movió un ápice. La correa estaba demasiado apretada.
—Dámelo —susurró con ansiedad en su oído mientras exhalaba sobre ella su aliento, que apestaba a alcohol.  El filo de la navaja se clavó en la carne trémula de la mujer.
Isolda, paralizada por lo que pudiera suceder, forcejeó con la pequeña hebilla con las manos temblorosas hasta que el reloj se soltó y cayó al suelo junto a sus pies.
Entonces alguien se abalanzó sobre el ladrón sin darle tiempo a reaccionar. El cuchillo cayó con un ruido sordo y se reunió con el reloj de pulsera de Isolda, que salió proyectada hacia delante y estuvo a punto de caer a las vías. Tras recobrar la posición vertical se volvió hacia su asaltante, con la adrenalina circulando a borbotones por sus venas, y vio como otro hombre con aspecto de mendigo le propinaba un puñetazo en la mandíbula al ladrón. Este, que hasta ese momento parecía fuerte increpando a su víctima, soltó un quejido y cayó como un muñeco sobre el pavimento oscuro y mojado de la estación. Temblaba como una hoja y se movía de forma extraña, con los ojos muy abiertos sobre unas marcadas ojeras. En las comisuras de los labios tenía gruesas costras de saliva seca.
—¡Patrick, joder! —se quejó, intentando levantarse a duras penas—. Somos amigos, ¿lo has olvidado?
—Éramos amigos —respondió el recién llegado, con el puño aún apretado. Vestía como un mendigo, prácticamente como el otro. El pelo oscuro y revuelto le caía sobre los ojos, el resto de la cabeza estaba cubierto por la capucha de la cazadora de color negro. Unos vaqueros desgastados y unas zapatillas viejas componían el resto de su atuendo.
—¡Mierda, tío! Deberías recordar quién te conseguía antes lo que necesitabas —y se limpió la boca con la manga mugrosa, consiguiendo por fin ponerse de pie tras varios intentos.
—Lárgate, Luke.
—Patrick, necesito veinte pavos. Me estoy volviendo loco —miró hacia los lados, como si temiera que apareciera alguien más.
Isolda no se atrevía a moverse de donde estaba, tan solo se limitaba a observar a los dos tipos.
—Necesito pillar algo. ¿Llevas algo, amigo? —Luke se acercó al otro hasta casi caérsele encima. No mantenía muy bien el equilibrio.
—Sabes que ya no —la negativa reverberó contra las paredes desnudas de la estación—. Y ahora lárgate de aquí.
(...)

viernes, 22 de julio de 2016

Primeras páginas de "Mientras me recuerdes" .


PRÓLOGO

14 de diciembre de 1920
Estación de ferrocarril de Killarney, Irlanda

La carreta que portaba a la maltrecha familia O´Reilly se retorció junto a la estación hasta detenerse con un golpe seco y por fin cesó el zarandeo de todos los ocupantes. Los gruesos y oscuros nubarrones que cubrían el cielo presagiaban lluvia, que pronto comenzaría a caer como si aquel fuese el día del fin del mundo.
La pequeña Mary rompió a llorar en el interior de su gastada toquilla de lana como si sospechara que sus padres estaban a punto de arrancarla de su tierra, la misma tierra vieja que la había visto nacer hacía apenas cuatro meses. Su madre la estrechó con fuerza en un vano intento de infundirle calor con su cuerpo huesudo cubierto por harapos, hastiado de aquella vida llena de calamidades. Apretó los dientes y miró de soslayo hacia su esposo, que no había abierto la boca en todo el trayecto. El hombre tan solo se dejaba llevar acomodado en el pescante, mientras la mente le atormentaba con un viaje que les conducía hacia un futuro incierto. La gorra roída bien calada sobre la cabeza se le antojaba pequeña para ocultar su desasosiego ante los ojos de su familia. Ni él mismo sabía si caminaban en una buena dirección, tan solo que si no escapaban de aquella sinrazón ninguno de ellos sobreviviría.
Los dos hijos varones, Liam y Micheail, continuaron con expresión sombría, como si pretendieran ignorar su llegada a la estación escondiendo la cara entre las manos. Habían viajado acurrucados en la carreta en un intento vano de fundirse con la paja que había bajo sus zapatos gastados. Su único deseo consistía en permanecer invisibles a sus progenitores para no verse obligados a abandonarlo todo.
Cora, la primogénita, examinó inquieta a las escasas personas que aguardaban en las inmediaciones del apeadero en busca de un rostro conocido. Ansiaba hallar unos rasgos que proporcionasen un ínfimo rayo de esperanza a su vida y que pudiesen apaciguar sus ansias de gritar socorro a los cuatro vientos. Sentía pánico a lo desconocido, aun sabiendo que en aquel momento cualquier cosa era mejor que permanecer en aquel país observando impasible cómo los black and tans asesinaban a civiles inocentes ante sus narices. Pronto quizás a ellos mismos.
—Hemos llegado —murmuró el cabeza de familia mientras descendía de la carreta para después ayudar a su esposa a hacer lo mismo. Acto seguido continuó imperturbable, con los dientes apretados. En aquellos momentos era todo menos un esposo o un padre afectuoso.
Cora no cejó en su empeño y continuó con la inspección de cada hombre que pululaba a su alrededor, sin perder la esperanza. El viento cada vez más fuerte jugó a su antojo con sus claros cabellos como si pretendiese impedir que la joven contemplase la descarnada realidad que le rodeaba.
Él no estaba allí.
«¿Tal vez dentro de la estación?», dijo para sus adentros. A lo mejor aún no había llegado, o quizás le hubiese sorprendido algún contratiempo.
La familia transportó con desgana sus escasas pertenencias hacia el andén, apenas ocupado por una docena de personas que buscaban cobijo de las gélidas ráfagas de aire entre los cuellos de sus abrigos de lana parda.
Cora repasó en su mente por enésima vez las últimas palabras que él había pronunciado: “Allí estaré. Esta tierra no significa nada para mí si tú no estás en ella”. Después la había besado como nunca antes, en una caricia preñada de ansiedad, casi como si tuviese miedo de que pudiera ser la última. Sus lágrimas se habían mezclado con el último aliento de él justo antes de separarse para dirigirse cada uno a su casa, un hogar en el que no aprobaban su relación.
Para los padres de aquel joven con futuro prometedor, aquella muchacha hija de campesinos no era suficiente. Para los padres de ella, aquel no era sino un amor pasajero, que podría ser prontamente ocupado por otro en la nueva tierra que les esperaba. Hacían caso omiso de la terquedad de su hija, que con tan solo diecisiete años juraba que aquel muchacho era el amor de su vida.
¡Paparruchas!, solía murmurar su padre cuando ella pregonaba su felicidad desde que se había enamorado de ese joven. ¿Amor? ¿Qué era eso cuando estaban rodeados de penurias y desesperanza? ¿Cuando ni tan siquiera su pueblo estaba unido?
Pequeñas gotas comenzaron a caer sobre todos los que aguardaban en la estación cuando el ruido del tren comenzó a ser audible, como un lejano murmullo. Cora comenzó a impacientarse y el terror se apoderó de ella.
«No va a venir», pensó con un estremecimiento mientras se restregaba las manos con impaciencia.
«Se ha arrepentido».
La muchacha entornó los ojos y oteó a lo lejos, incapaz de creer que él la hubiese traicionado. Contrajo los músculos de la mandíbula hasta hacerse daño e intentó sofocar el llanto que le atenazaba desde lo más profundo de su ser.
No iba a llegar.
El cabeza de la familia O´Reilly se apresuró a introducir el equipaje en el vagón, mientras su mujer y sus hijos varones le seguían cabizbajos. Pero Cora corrió bajo la lluvia atravesando la estación hasta salir fuera, incapaz de mantenerse impasible allí por más tiempo. Y, mientras las gotas le helaban hasta los huesos y se mezclaban con sus lágrimas, maldijo una y mil veces cada palabra que le había dicho a aquel muchacho, cada beso que le había dado.
—¡Cora! —rugió un hombre a través del ensordecedor golpeteo de las gotas de lluvia sobre el barro del camino—. ¡Vuelve!
El sonido familiar de la voz de su padre no hizo sino acrecentar su dolor. Ellos le habían advertido una y mil veces que aquel irlandés no era para ella, que no debía creer en sus palabras. Ella no les había escuchado.
El dolor la había paralizado por completo, y sentía que sus miembros no respondían a ningún estímulo. Permanecía clavada con los zapatos atollados en los charcos, como si su cuerpo formase ya parte de aquel paisaje verde y gris envuelto en la sinrazón.
Cora percibió cómo su padre la arrastraba hacia el tren y todo cuanto había a su alrededor se desdibujó bajo la lluvia, como si ya nada importase. Su vida sin Kieran se había terminado.


CAPÍTULO 1

Boston, abril de 2001

Madison dio un portazo y se dejó caer con los puños apretados sobre los visillos de encaje que cubrían las mirillas de la puerta. Las fotografías enmarcadas que colgaban a ambos lados de la entrada vibraron antes de quedarse inmóviles de nuevo sobre el papel floreado de la pared.
—¡No se puede ser más cabezota! —exclamó mientras la adrenalina fluía a borbotones por su cuerpo. Apretó los labios y miró hacia el techo blanco inmaculado del vestíbulo para después respirar hondo e intentar recobrar la calma.
Aquella mujer era imposible, siempre tenía que salirse con la suya. Parecía que de alguna manera solo eran importantes sus decisiones, sin importar un comino las de los demás.
«¿En qué cabeza cabe que la abuela salga a jugar su partida de bridge cuando la gripe la ha mantenido en cama durante los últimos días ardiendo en fiebre?», pensó, disgustada.
Poco le habían importado las palabras del doctor White o la oposición de su querida nieta. Sus amigas la esperaban y ella no pensaba faltar a su cita semanal con el juego de cartas, el café con pastas y la animada conversación sobre las últimas novedades del vecindario. Como ella misma había dicho: «Una estúpida gripe no va a terminar conmigo. La semana que viene pienso cumplir noventa y ocho años y nada va a impedirlo».
¿Es que acaso esa mujer se creía inmortal?
Madison se resignó y regresó a su cuarto, donde ultimaba los detalles de las clases de la siguiente semana.
Se había graduado con honores en la Universidad de Princeton, y reconocía que la Historia era su vida. Le apasionaba sobre todo la que tenía que ver con Irlanda, porque en ese pequeño país se encontraban las raíces de su familia. Su doctorado se había basado en la Guerra Civil Irlandesa, y era, junto a sus excepcionales calificaciones, lo que le había abierto la puerta a su empleo actual en el Departamento de Historia de la Universidad de Boston. Tenía una facilidad innata para sumergirse en la documentación y extraer cuanto necesitaba, y le fascinaba introducirse de lleno en los diferentes capítulos de la Historia y dejarse llevar por las diferentes épocas y sus costumbres.
Su abuela le había contado durante su niñez innumerables historias sobre la isla de la que procedía. Sus leyendas, sus rincones mágicos, sus paisajes inolvidables; cualquier detalle suponía el comienzo de un cuento maravilloso. Todo ello le había cautivado y había dirigido su vida estudiantil y posteriormente su profesión. A ella le gustaba pensar que aquello también había sido el germen de su extraordinaria imaginación, que podía llevarla durante horas a Irlanda a pesar de que nunca la había visitado.
Le había pedido una y otra vez a su abuela, hasta la extenuación, que la acompañara en su viaje. Solo de esa manera podría disponer de la mejor guía para recorrer el paisaje que tantas veces había imaginado en su cabeza. Pero la vieja Cora era una obstinada que había jurado no regresar nunca a aquel lugar, a sus amargos recuerdos. Se había mantenido firme durante toda su vida, incapaz de confesarle el porqué de su desgana ante tal excursión. Y finalmente ella también se había cansado de proponérselo, con la esperanza de poder visitarlo con sus amigos Charlotte y Henry en el futuro.
Madison sacudió la cabeza y dejó de fantasear con su viaje soñado para continuar con su trabajo. Sabía que no conseguiría nada preocupándose inútilmente.


El teléfono sobresaltó a la historiadora, que se encontraba en la cocina preparando la cena. En media hora tendría a Cora en casa y las dos comerían mientras charlaban acerca de las novedades del barrio, como cada jueves. Esta vez el plan podría suponer una recogida de ropa benéfica, un concierto solidario o la entrega de alimentos para los más desfavorecidos. Cora y sus amigas siempre se encontraban a la cabeza de cuantas acciones se llevaran a cabo con el fin de ayudar a familias sin recursos, y ella misma las había acompañado en multitud de ocasiones.
—¿Sí? —dijo mientras sostenía el auricular con una mano y la espumadera con la otra. Una voz familiar le habló al otro lado.
—Hola, Madison.
—Mildred, buenas noches —saludó con energía mientras apartaba del fuego la cazuela de brécol. El vapor ascendió con rapidez y empañó los cristales de la ventana, convirtiendo la imagen del jardín delantero en una brumosa acuarela.
De repente le asaltó un mal presentimiento, que le causó una fuerte presión en el pecho.
—¿Ha ocurrido algo con la abuela?
—Sí, querida —contestó la vocecilla al otro lado de la línea—. Se ha sentido mal de repente y hemos llamado a emergencias. Será mejor que vengas al hospital.
Su corazón dio un vuelco.
—¿Al hospital? —repitió de forma mecánica, mientras intentaba asimilar con lentitud las palabras de la mejor amiga de su abuela.
—Sí, cariño. Ven lo más rápido que puedas.
Madison no escuchó ninguna palabra más. Dejó caer el teléfono sobre la encimera de madera oscura sin ni siquiera pulsar el botón de colgar y corrió a por las llaves del coche para acudir junto a su adorada Cora.
Ya en su pequeño Chevrolet pisó el acelerador hasta saltarse todas las normas de tráfico, pues nada le importaba en ese momento. Su cabeza era un hervidero de pensamientos e imágenes que le torturaban hasta hacer de aquel viaje una horrible pesadilla.
Revivió una vez más la imagen de una noche similar, hacía ya veinte años, en que había sonado el teléfono en casa de su abuela mientras las dos veían la televisión. Aquel día no había sido Mildred quien había llamado, sino un policía. Sus padres habían tenido un accidente de tráfico cuando regresaban de su cena de aniversario, al cruzarse con un borracho que circulaba haciendo eses con su coche.
Cora había arrojado el teléfono de igual forma que ella lo había hecho momentos antes, y las dos se habían dirigido de forma precipitada al hospital.
Todos los intentos del personal de emergencias por salvarle la vida a aquella joven pareja habían sido en vano, y los médicos únicamente habían podido certificar el fallecimiento.
Ella se había derrumbado al escuchar la noticia de la mano de su abuela, pero esta se había mantenido inexpresiva, tan solo dedicándose a enjugar cada lágrima de su nieta y decidida a ofrecerle consuelo en sus brazos. Había perdido a su hijo y a su nuera, y de ninguna manera pensaba perder a su nieta.
Años después, la misma Cora le había confesado que se había pasado meses abandonándose al llanto cada noche tras acostarla, mientras se preguntaba por qué la vida le había arrebatado a su hijo más pequeño de una forma tan cruel. Pero por la mañana volvía a ser la misma mujer fuerte y decidida que trataba de sacar adelante a su nieta sin la ayuda de nadie. Ni siquiera la de sus otros cuatro hijos, que se habían ofrecido para hacerse cargo de la pequeña.
El semáforo ante el que se encontraba cambió a verde, y ella aceleró mientras intentaba obviar el malestar que sentía dentro del pecho. Ya podía divisar con claridad el rótulo luminoso que señalaba la entrada a urgencias y el corazón le latía desbocado, como si quisiera volar hasta donde estaba la abuela.
Momentos después aparcaba ante las puertas acristaladas y corría hacia el interior del edificio mientras esquivaba a un enfermero que salía en ese momento con una camilla vacía.
«Abuela, no me dejes ahora. No tan pronto», repitió Madison dentro de su cabeza, a la vez que buscaba el rostro de Mildred entre las personas que pululaban por el hospital. El fuerte olor a desinfectante inundó sus fosas nasales mientras atravesaba el vestíbulo alumbrado con luz mortecina. Se dirigió hacia el mostrador de información, donde una joven enfermera le atendió.
—Buenas noches, estoy buscando a mi abuela. Se llama Cora O´Reilly.
Madison se mordió el labio en un intento de contener las lágrimas, que amenazaban con brotar de sus ojos de un momento a otro. Tan solo se veía a sí misma años atrás, una niñita rubia de nueve años vestida con un pijama de Snoopy, asustada en aquel frío lugar.
La empleada levantó la vista del ordenador y miró a la recién llegada con cara de pocos amigos por encima de sus gafas. Alguien habló a gritos cerca de ellas, pero ninguna de las dos se giró para ver qué era lo que sucedía. Por el contrario, la enfermera consultó taciturna un archivador repleto de hojas de papel y asintió con expresión grave. Junto a ella había una caja repleta de panfletos con la prevención de diferentes enfermedades que afectaban a la población.
—Sí, la señora O´Reilly ha ingresado hace apenas treinta minutos. Aguarde en la sala de espera del fondo del pasillo —señaló con el bolígrafo y después continuó con la mirada clavada en la pantalla de su ordenador—. Allí le informarán.
—Gracias —contestó Madison para después correr hacia el lugar indicado con un nudo en la garganta.
Mildred aguardaba en una de las sillas de plástico gris de la sala con la mirada perdida. No se había despojado de su abrigo de paño oscuro ni de su bolso, que sostenía con fuerza sobre su regazo. Junto a ella, Sophie y Alice, las otras dos compañeras de bridge de la abuela, conversaban abatidas.
—¡Madison, querida! —exclamó Mildred tras ponerse de pie de forma automática y ajustándose bien las gafas, que estaban sujetas a su cuello por una cadena de finos eslabones dorados—. Aún no hemos tenido noticias, y Cora ya lleva una eternidad ahí dentro.
La historiadora tragó saliva al observar los ojos vidriosos de la anciana, que no se temía nada bueno. Ella tampoco.
—Pero hay que tener fe —continuó la mujer, mientras abandonaba su bolso sobre la silla para tomar entre sus manos las de ella.
Fe.
Cora también le había repetido esas palabras hasta la saciedad. Pero la fe no le había devuelto a sus padres cuando tanto los había necesitado. Tampoco le había restituido a Cora a su esposo, que la había dejado viuda a los cuarenta y seis años con cinco hijos a su cargo. La vida le había maltratado en ciertos momentos, aunque también le había regalado a sus cinco maravillosos pequeños, como ella siempre decía. Por ellos había trabajado hasta la extenuación, de lunes a domingo, para que no les faltase de nada.
Una doctora vestida de verde salió por la puerta que conducía hacia un lugar restringido y entró en la sala de espera.
—Busco a los familiares de Cora O´Reilly.
—Sí, somos nosotras —dijo Madison mientras se ponía de pie para acercarse a ella, que se despojó del gorro quirúrgico de colores. Las tres ancianas rodearon a la historiadora en un intento de infundirle valor.
—Por desgracia no dispongo de buenas noticias —comenzó la doctora con expresión de contrariedad. Madison tragó saliva y aguardó, sin poder mover un solo músculo—. La señora O´Reilly ha sufrido un infarto de miocardio y no hemos podido hacer nada para salvar su vida.
Se había ido.
Los labios de la doctora continuaron en movimiento, pero Madison ya no escuchó nada más. Su abuela, su adorada Cora, había muerto. Había perdido a la persona que había sido su madre, su padre, su consejera, su confidente. Su fiel apoyo durante más de media vida.
Mildred se echó a llorar y después rodeó a Madison con los brazos. Y todo el dolor que le desbordaba salió a borbotones en forma de silenciosos sollozos en los brazos de la mujer, que la abrazó durante largo rato.
(...)