viernes, 22 de julio de 2016

Primeras páginas de "Mientras me recuerdes" .


PRÓLOGO

14 de diciembre de 1920
Estación de ferrocarril de Killarney, Irlanda

La carreta que portaba a la maltrecha familia O´Reilly se retorció junto a la estación hasta detenerse con un golpe seco y por fin cesó el zarandeo de todos los ocupantes. Los gruesos y oscuros nubarrones que cubrían el cielo presagiaban lluvia, que pronto comenzaría a caer como si aquel fuese el día del fin del mundo.
La pequeña Mary rompió a llorar en el interior de su gastada toquilla de lana como si sospechara que sus padres estaban a punto de arrancarla de su tierra, la misma tierra vieja que la había visto nacer hacía apenas cuatro meses. Su madre la estrechó con fuerza en un vano intento de infundirle calor con su cuerpo huesudo cubierto por harapos, hastiado de aquella vida llena de calamidades. Apretó los dientes y miró de soslayo hacia su esposo, que no había abierto la boca en todo el trayecto. El hombre tan solo se dejaba llevar acomodado en el pescante, mientras la mente le atormentaba con un viaje que les conducía hacia un futuro incierto. La gorra roída bien calada sobre la cabeza se le antojaba pequeña para ocultar su desasosiego ante los ojos de su familia. Ni él mismo sabía si caminaban en una buena dirección, tan solo que si no escapaban de aquella sinrazón ninguno de ellos sobreviviría.
Los dos hijos varones, Liam y Micheail, continuaron con expresión sombría, como si pretendieran ignorar su llegada a la estación escondiendo la cara entre las manos. Habían viajado acurrucados en la carreta en un intento vano de fundirse con la paja que había bajo sus zapatos gastados. Su único deseo consistía en permanecer invisibles a sus progenitores para no verse obligados a abandonarlo todo.
Cora, la primogénita, examinó inquieta a las escasas personas que aguardaban en las inmediaciones del apeadero en busca de un rostro conocido. Ansiaba hallar unos rasgos que proporcionasen un ínfimo rayo de esperanza a su vida y que pudiesen apaciguar sus ansias de gritar socorro a los cuatro vientos. Sentía pánico a lo desconocido, aun sabiendo que en aquel momento cualquier cosa era mejor que permanecer en aquel país observando impasible cómo los black and tans asesinaban a civiles inocentes ante sus narices. Pronto quizás a ellos mismos.
—Hemos llegado —murmuró el cabeza de familia mientras descendía de la carreta para después ayudar a su esposa a hacer lo mismo. Acto seguido continuó imperturbable, con los dientes apretados. En aquellos momentos era todo menos un esposo o un padre afectuoso.
Cora no cejó en su empeño y continuó con la inspección de cada hombre que pululaba a su alrededor, sin perder la esperanza. El viento cada vez más fuerte jugó a su antojo con sus claros cabellos como si pretendiese impedir que la joven contemplase la descarnada realidad que le rodeaba.
Él no estaba allí.
«¿Tal vez dentro de la estación?», dijo para sus adentros. A lo mejor aún no había llegado, o quizás le hubiese sorprendido algún contratiempo.
La familia transportó con desgana sus escasas pertenencias hacia el andén, apenas ocupado por una docena de personas que buscaban cobijo de las gélidas ráfagas de aire entre los cuellos de sus abrigos de lana parda.
Cora repasó en su mente por enésima vez las últimas palabras que él había pronunciado: “Allí estaré. Esta tierra no significa nada para mí si tú no estás en ella”. Después la había besado como nunca antes, en una caricia preñada de ansiedad, casi como si tuviese miedo de que pudiera ser la última. Sus lágrimas se habían mezclado con el último aliento de él justo antes de separarse para dirigirse cada uno a su casa, un hogar en el que no aprobaban su relación.
Para los padres de aquel joven con futuro prometedor, aquella muchacha hija de campesinos no era suficiente. Para los padres de ella, aquel no era sino un amor pasajero, que podría ser prontamente ocupado por otro en la nueva tierra que les esperaba. Hacían caso omiso de la terquedad de su hija, que con tan solo diecisiete años juraba que aquel muchacho era el amor de su vida.
¡Paparruchas!, solía murmurar su padre cuando ella pregonaba su felicidad desde que se había enamorado de ese joven. ¿Amor? ¿Qué era eso cuando estaban rodeados de penurias y desesperanza? ¿Cuando ni tan siquiera su pueblo estaba unido?
Pequeñas gotas comenzaron a caer sobre todos los que aguardaban en la estación cuando el ruido del tren comenzó a ser audible, como un lejano murmullo. Cora comenzó a impacientarse y el terror se apoderó de ella.
«No va a venir», pensó con un estremecimiento mientras se restregaba las manos con impaciencia.
«Se ha arrepentido».
La muchacha entornó los ojos y oteó a lo lejos, incapaz de creer que él la hubiese traicionado. Contrajo los músculos de la mandíbula hasta hacerse daño e intentó sofocar el llanto que le atenazaba desde lo más profundo de su ser.
No iba a llegar.
El cabeza de la familia O´Reilly se apresuró a introducir el equipaje en el vagón, mientras su mujer y sus hijos varones le seguían cabizbajos. Pero Cora corrió bajo la lluvia atravesando la estación hasta salir fuera, incapaz de mantenerse impasible allí por más tiempo. Y, mientras las gotas le helaban hasta los huesos y se mezclaban con sus lágrimas, maldijo una y mil veces cada palabra que le había dicho a aquel muchacho, cada beso que le había dado.
—¡Cora! —rugió un hombre a través del ensordecedor golpeteo de las gotas de lluvia sobre el barro del camino—. ¡Vuelve!
El sonido familiar de la voz de su padre no hizo sino acrecentar su dolor. Ellos le habían advertido una y mil veces que aquel irlandés no era para ella, que no debía creer en sus palabras. Ella no les había escuchado.
El dolor la había paralizado por completo, y sentía que sus miembros no respondían a ningún estímulo. Permanecía clavada con los zapatos atollados en los charcos, como si su cuerpo formase ya parte de aquel paisaje verde y gris envuelto en la sinrazón.
Cora percibió cómo su padre la arrastraba hacia el tren y todo cuanto había a su alrededor se desdibujó bajo la lluvia, como si ya nada importase. Su vida sin Kieran se había terminado.


CAPÍTULO 1

Boston, abril de 2001

Madison dio un portazo y se dejó caer con los puños apretados sobre los visillos de encaje que cubrían las mirillas de la puerta. Las fotografías enmarcadas que colgaban a ambos lados de la entrada vibraron antes de quedarse inmóviles de nuevo sobre el papel floreado de la pared.
—¡No se puede ser más cabezota! —exclamó mientras la adrenalina fluía a borbotones por su cuerpo. Apretó los labios y miró hacia el techo blanco inmaculado del vestíbulo para después respirar hondo e intentar recobrar la calma.
Aquella mujer era imposible, siempre tenía que salirse con la suya. Parecía que de alguna manera solo eran importantes sus decisiones, sin importar un comino las de los demás.
«¿En qué cabeza cabe que la abuela salga a jugar su partida de bridge cuando la gripe la ha mantenido en cama durante los últimos días ardiendo en fiebre?», pensó, disgustada.
Poco le habían importado las palabras del doctor White o la oposición de su querida nieta. Sus amigas la esperaban y ella no pensaba faltar a su cita semanal con el juego de cartas, el café con pastas y la animada conversación sobre las últimas novedades del vecindario. Como ella misma había dicho: «Una estúpida gripe no va a terminar conmigo. La semana que viene pienso cumplir noventa y ocho años y nada va a impedirlo».
¿Es que acaso esa mujer se creía inmortal?
Madison se resignó y regresó a su cuarto, donde ultimaba los detalles de las clases de la siguiente semana.
Se había graduado con honores en la Universidad de Princeton, y reconocía que la Historia era su vida. Le apasionaba sobre todo la que tenía que ver con Irlanda, porque en ese pequeño país se encontraban las raíces de su familia. Su doctorado se había basado en la Guerra Civil Irlandesa, y era, junto a sus excepcionales calificaciones, lo que le había abierto la puerta a su empleo actual en el Departamento de Historia de la Universidad de Boston. Tenía una facilidad innata para sumergirse en la documentación y extraer cuanto necesitaba, y le fascinaba introducirse de lleno en los diferentes capítulos de la Historia y dejarse llevar por las diferentes épocas y sus costumbres.
Su abuela le había contado durante su niñez innumerables historias sobre la isla de la que procedía. Sus leyendas, sus rincones mágicos, sus paisajes inolvidables; cualquier detalle suponía el comienzo de un cuento maravilloso. Todo ello le había cautivado y había dirigido su vida estudiantil y posteriormente su profesión. A ella le gustaba pensar que aquello también había sido el germen de su extraordinaria imaginación, que podía llevarla durante horas a Irlanda a pesar de que nunca la había visitado.
Le había pedido una y otra vez a su abuela, hasta la extenuación, que la acompañara en su viaje. Solo de esa manera podría disponer de la mejor guía para recorrer el paisaje que tantas veces había imaginado en su cabeza. Pero la vieja Cora era una obstinada que había jurado no regresar nunca a aquel lugar, a sus amargos recuerdos. Se había mantenido firme durante toda su vida, incapaz de confesarle el porqué de su desgana ante tal excursión. Y finalmente ella también se había cansado de proponérselo, con la esperanza de poder visitarlo con sus amigos Charlotte y Henry en el futuro.
Madison sacudió la cabeza y dejó de fantasear con su viaje soñado para continuar con su trabajo. Sabía que no conseguiría nada preocupándose inútilmente.


El teléfono sobresaltó a la historiadora, que se encontraba en la cocina preparando la cena. En media hora tendría a Cora en casa y las dos comerían mientras charlaban acerca de las novedades del barrio, como cada jueves. Esta vez el plan podría suponer una recogida de ropa benéfica, un concierto solidario o la entrega de alimentos para los más desfavorecidos. Cora y sus amigas siempre se encontraban a la cabeza de cuantas acciones se llevaran a cabo con el fin de ayudar a familias sin recursos, y ella misma las había acompañado en multitud de ocasiones.
—¿Sí? —dijo mientras sostenía el auricular con una mano y la espumadera con la otra. Una voz familiar le habló al otro lado.
—Hola, Madison.
—Mildred, buenas noches —saludó con energía mientras apartaba del fuego la cazuela de brécol. El vapor ascendió con rapidez y empañó los cristales de la ventana, convirtiendo la imagen del jardín delantero en una brumosa acuarela.
De repente le asaltó un mal presentimiento, que le causó una fuerte presión en el pecho.
—¿Ha ocurrido algo con la abuela?
—Sí, querida —contestó la vocecilla al otro lado de la línea—. Se ha sentido mal de repente y hemos llamado a emergencias. Será mejor que vengas al hospital.
Su corazón dio un vuelco.
—¿Al hospital? —repitió de forma mecánica, mientras intentaba asimilar con lentitud las palabras de la mejor amiga de su abuela.
—Sí, cariño. Ven lo más rápido que puedas.
Madison no escuchó ninguna palabra más. Dejó caer el teléfono sobre la encimera de madera oscura sin ni siquiera pulsar el botón de colgar y corrió a por las llaves del coche para acudir junto a su adorada Cora.
Ya en su pequeño Chevrolet pisó el acelerador hasta saltarse todas las normas de tráfico, pues nada le importaba en ese momento. Su cabeza era un hervidero de pensamientos e imágenes que le torturaban hasta hacer de aquel viaje una horrible pesadilla.
Revivió una vez más la imagen de una noche similar, hacía ya veinte años, en que había sonado el teléfono en casa de su abuela mientras las dos veían la televisión. Aquel día no había sido Mildred quien había llamado, sino un policía. Sus padres habían tenido un accidente de tráfico cuando regresaban de su cena de aniversario, al cruzarse con un borracho que circulaba haciendo eses con su coche.
Cora había arrojado el teléfono de igual forma que ella lo había hecho momentos antes, y las dos se habían dirigido de forma precipitada al hospital.
Todos los intentos del personal de emergencias por salvarle la vida a aquella joven pareja habían sido en vano, y los médicos únicamente habían podido certificar el fallecimiento.
Ella se había derrumbado al escuchar la noticia de la mano de su abuela, pero esta se había mantenido inexpresiva, tan solo dedicándose a enjugar cada lágrima de su nieta y decidida a ofrecerle consuelo en sus brazos. Había perdido a su hijo y a su nuera, y de ninguna manera pensaba perder a su nieta.
Años después, la misma Cora le había confesado que se había pasado meses abandonándose al llanto cada noche tras acostarla, mientras se preguntaba por qué la vida le había arrebatado a su hijo más pequeño de una forma tan cruel. Pero por la mañana volvía a ser la misma mujer fuerte y decidida que trataba de sacar adelante a su nieta sin la ayuda de nadie. Ni siquiera la de sus otros cuatro hijos, que se habían ofrecido para hacerse cargo de la pequeña.
El semáforo ante el que se encontraba cambió a verde, y ella aceleró mientras intentaba obviar el malestar que sentía dentro del pecho. Ya podía divisar con claridad el rótulo luminoso que señalaba la entrada a urgencias y el corazón le latía desbocado, como si quisiera volar hasta donde estaba la abuela.
Momentos después aparcaba ante las puertas acristaladas y corría hacia el interior del edificio mientras esquivaba a un enfermero que salía en ese momento con una camilla vacía.
«Abuela, no me dejes ahora. No tan pronto», repitió Madison dentro de su cabeza, a la vez que buscaba el rostro de Mildred entre las personas que pululaban por el hospital. El fuerte olor a desinfectante inundó sus fosas nasales mientras atravesaba el vestíbulo alumbrado con luz mortecina. Se dirigió hacia el mostrador de información, donde una joven enfermera le atendió.
—Buenas noches, estoy buscando a mi abuela. Se llama Cora O´Reilly.
Madison se mordió el labio en un intento de contener las lágrimas, que amenazaban con brotar de sus ojos de un momento a otro. Tan solo se veía a sí misma años atrás, una niñita rubia de nueve años vestida con un pijama de Snoopy, asustada en aquel frío lugar.
La empleada levantó la vista del ordenador y miró a la recién llegada con cara de pocos amigos por encima de sus gafas. Alguien habló a gritos cerca de ellas, pero ninguna de las dos se giró para ver qué era lo que sucedía. Por el contrario, la enfermera consultó taciturna un archivador repleto de hojas de papel y asintió con expresión grave. Junto a ella había una caja repleta de panfletos con la prevención de diferentes enfermedades que afectaban a la población.
—Sí, la señora O´Reilly ha ingresado hace apenas treinta minutos. Aguarde en la sala de espera del fondo del pasillo —señaló con el bolígrafo y después continuó con la mirada clavada en la pantalla de su ordenador—. Allí le informarán.
—Gracias —contestó Madison para después correr hacia el lugar indicado con un nudo en la garganta.
Mildred aguardaba en una de las sillas de plástico gris de la sala con la mirada perdida. No se había despojado de su abrigo de paño oscuro ni de su bolso, que sostenía con fuerza sobre su regazo. Junto a ella, Sophie y Alice, las otras dos compañeras de bridge de la abuela, conversaban abatidas.
—¡Madison, querida! —exclamó Mildred tras ponerse de pie de forma automática y ajustándose bien las gafas, que estaban sujetas a su cuello por una cadena de finos eslabones dorados—. Aún no hemos tenido noticias, y Cora ya lleva una eternidad ahí dentro.
La historiadora tragó saliva al observar los ojos vidriosos de la anciana, que no se temía nada bueno. Ella tampoco.
—Pero hay que tener fe —continuó la mujer, mientras abandonaba su bolso sobre la silla para tomar entre sus manos las de ella.
Fe.
Cora también le había repetido esas palabras hasta la saciedad. Pero la fe no le había devuelto a sus padres cuando tanto los había necesitado. Tampoco le había restituido a Cora a su esposo, que la había dejado viuda a los cuarenta y seis años con cinco hijos a su cargo. La vida le había maltratado en ciertos momentos, aunque también le había regalado a sus cinco maravillosos pequeños, como ella siempre decía. Por ellos había trabajado hasta la extenuación, de lunes a domingo, para que no les faltase de nada.
Una doctora vestida de verde salió por la puerta que conducía hacia un lugar restringido y entró en la sala de espera.
—Busco a los familiares de Cora O´Reilly.
—Sí, somos nosotras —dijo Madison mientras se ponía de pie para acercarse a ella, que se despojó del gorro quirúrgico de colores. Las tres ancianas rodearon a la historiadora en un intento de infundirle valor.
—Por desgracia no dispongo de buenas noticias —comenzó la doctora con expresión de contrariedad. Madison tragó saliva y aguardó, sin poder mover un solo músculo—. La señora O´Reilly ha sufrido un infarto de miocardio y no hemos podido hacer nada para salvar su vida.
Se había ido.
Los labios de la doctora continuaron en movimiento, pero Madison ya no escuchó nada más. Su abuela, su adorada Cora, había muerto. Había perdido a la persona que había sido su madre, su padre, su consejera, su confidente. Su fiel apoyo durante más de media vida.
Mildred se echó a llorar y después rodeó a Madison con los brazos. Y todo el dolor que le desbordaba salió a borbotones en forma de silenciosos sollozos en los brazos de la mujer, que la abrazó durante largo rato.
(...)

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