sábado, 30 de julio de 2016

Primeras páginas de Tres deseos para Isolda.




CAPÍTULO 1
Un lunes peculiar


La canción llenaba el pequeño habitáculo del Seat Ibiza y su repetitivo estribillo martilleaba la cabeza de Isolda, que en ese momento se vio obligada a pisar el freno de forma brusca. No quería colisionar con una furgoneta de reparto en la salida de la autovía.
«Malditos lunes», pensó ella, torciendo el gesto y bajando un poco la ventanilla para respirar el aire fresco de octubre. La situación exigía paciencia.
La furgoneta pintada de blanco con una franja de un naranja descolorido arrancó y mantuvo la velocidad a unos veinte kilómetros por hora, para desazón de la mujer. Había salido temprano de casa, como de costumbre, pero ahora, como ese pesado no acelerase un poco, su puntualidad se vería comprometida.
Miró hacia el horizonte. Aún no había amanecido del todo sobre Madrid, y gruesos nubarrones que amenazaban con descargar en cualquier momento cubrían a un incipiente sol por el este.
Por fin llegó a la rotonda que daba acceso al polígono industrial donde se situaba la empresa en la que trabajaba desde hacía un año y, para su suerte, fue la única en tomar la primera salida. «Estupendo», pensó, y sonrió levemente observando el reloj digital del salpicadero. Llegaría con tiempo de sobra a su puesto. Odiaba llegar a última hora y tener que apresurarse para fichar.
Accedió al aparcamiento habilitado para los trabajadores del edificio y se apresuró a recoger su bolso y su maletín, recibiendo una bofetada de ambientador al volverse de nuevo hacia el asiento delantero. El café que había desayunado se le revolvió en el estómago, recordándole que no debía volver a comprar esa fragancia.
Salió y cerró el coche, percatándose de que comenzaban a caer pequeñas gotas de lluvia. Apretó el paso cubriendo su cabeza con el maletín y llegó a la puerta principal justo cuando las gotas se estaban convirtiendo en un verdadero aguacero. Por poco no se había empapado.
Atravesó el amplio vestíbulo saludando al vigilante nocturno de seguridad, que estaba a punto de terminar su turno. Este le correspondió con un seco «buenos días» y continuó en su puesto, tras una pequeña mesa con un ordenador. Los mostradores de información del enorme edificio de oficinas estaban vacíos a esa hora, así como el acceso lateral donde se congregaban los fumadores a la hora del café. Desde luego había llegado antes de lo previsto, lo que significaba que no tendría que aguantar la marabunta de los últimos cinco minutos. Subiría sola, sumida en sus pensamientos poco positivos bajo la luz cenicienta del ascensor.
Otra vez en el cubículo rectangular que la llevaba a su insulso trabajo, el que había conseguido gracias a la prima de la amiga de su vecina Marta. Ese en el que, por ochocientos míseros euros, debía soportar las monsergas de un jefe inútil que no tenía ni idea de dirigir un equipo. Pero, en fin, era así. Gracias a él podía pagar las facturas, así que apretó los labios y pulsó el botón del piso veintiuno.
Pero, de repente, un lustroso zapato negro interfirió en el mecanismo de cierre de las puertas de acero y estas se abrieron de nuevo. El cerebro de Isolda se detuvo un instante mientras miraba de frente, esperando ver aparecer alguna cara sombría que le diera los buenos días. ¿Tal vez Alberto, el de limpieza? Solía llegar pronto y de vez en cuando coincidían en el ascensor. No, Alberto no llevaba esos zapatos tan caros.
—Buenos días —dijo el hombre que acababa de aparecer ante ella en todo su esplendor, y al momento un intenso calor inundó las mejillas de Isolda.
—¿Adónde? —acertó a preguntarle mientras se movía hacia la hilera de botones, azorada, sintiendo como el masculino perfume invadía sus fosas nasales.
«Directa al paraíso», pensó para sus adentros. Sentía oleadas de calor recorriendo su cuerpo mientras las puertas se cerraban con un ruido sordo.
—Al piso veintiuno —contestó esa suerte de Michael Scofield de pelo rapado, girándose para terminar justo a su lado.
Su mirada, de un azul profundo, parecía haberla traspasado. Incluso ahora, inmóvil a su lado, podía sentir su fuego aunque no estuviera mirándola. De repente se alegró de haberse puesto ese vestido azul y no la falda de tubo, que la favorecía más.
«¡Por Dios! Que arranque el ascensor de una buena vez», pensó. «¿Por qué tarda tanto hoy?»
Su pulso se aceleró al sentir que casi le rozaba cuando, por fin, comenzaron a ascender. Isolda comenzó a repasar en su mente el traje gris, su corbata perfectamente anudada sobre la camisa oscura, su pelo cortísimo empapado y esos labios que…
«Un momento, ¿había dicho el piso veintiuno?».
—¿Vas a Santos Publicidad?
Lo miró de reojo mientras sus manos comenzaban a sudar, y su mirada la taladró de nuevo. Él asintió.
—Yo trabajo allí —soltó ella, sin esperar a que contestase.
—Me incorporo hoy. Sustituiré a Ángel Benavides, que ha solicitado el traslado a la delegación de Barcelona.
«Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. Oh, Dios mío. ¿Es mi nuevo jefe?», pensó atropelladamente dentro de su confusa cabeza.
—Soy Gabriel Aparicio.
Le estrechó la mano y sintió una descarga eléctrica recorriéndola de pies a cabeza.
—Isolda Abril —acertó a decir, con el corazón en la garganta.
El ascensor se detuvo, devolviéndola a la Tierra. Las puertas se abrieron y ambos salieron al vestíbulo por donde se accedía a la empresa, un espacio amplio y decorado con muebles blancos de estilo minimalista. Una fotografía de Manhattan de gran formato decoraba la pared del fondo, tras el mostrador de la recepcionista. A la derecha, en letras negras que resaltaban sobre la pared blanca, rezaba: «Santos Publicidad».
—No conozco Madrid. Me vendría de maravilla una guía que me lo pudiera enseñar.
El corazón de Isolda se detuvo y la sangre dejó de circular por sus venas.
«¿Qué ha dicho?», pensó.
Intentó responder algo, pero las palabras se atascaron en su garganta.
—Espero no haber hecho que te sintieras incómoda —dijo, dándose la vuelta y mirándola de frente.
—¡No! —exclamó sin la menor moderación en el tono, quedando como una chiflada—. Desde luego que no —rectificó, intentando calmarse—. Sería un placer.
«Oh, sí, por supuesto», pensó en su cabeza.
Él se relajó de nuevo y observó a su subordinada, curioso. No era ajeno a lo que había despertado en ella, y eso le divertía sobremanera.
—Hablaremos más tarde, entonces, señorita Abril.








CAPÍTULO 2
Encuentro en la estación


Isolda se despertó sobresaltada y se incorporó en su cama respirando de forma agitada como si hubiese estado sumergida largo rato. Jadeaba y estaba empapada en sudor, como cada vez que tenía ese sueño.
Miró hacia el despertador. Las cinco y diez de la madrugada.
Pasó la mano por su frente perlada y saboreó de nuevo la agria sensación que la invadía cuando Gabriel aparecía en sus sueños. Había recordado una vez más la forma en que lo había conocido, aquel fatídico día en el trabajo hacía ya cuatro largos años.
Apartó la sábana y la colcha, y se sentó en el borde de la cama mientras su corazón recobraba poco a poco su ritmo normal. Una luz tenue procedente de la calle se filtraba hacia el pequeño apartamento de aquel edificio del Lower East Side de Nueva York, iluminándolo suavemente. En ese momento una ambulancia pasó no muy lejos de allí con la sirena a todo volumen.
Pensó de nuevo en él. Y, después, en cómo se había enamorado como una estúpida, sin pensar en las consecuencias. Cerró los ojos y se lamentó una vez más por no haber sido más cautelosa.
Se levantó y se acercó a la ventana del dormitorio para comprobar si había parado de llover. En efecto, la calle estaba mojada pero el cielo comenzaba a aclararse, y el viento intentaba barrer los nubarrones hacia el oeste de la ciudad. No había muchos coches a esa hora, y las pocas personas se veían como pequeños puntos desde la ventana.
Se dirigió hasta la cocina y se preparó un café con leche, dándole vueltas a su vida ahora que ya estaba más calmada. Esos horribles sueños perturbaban su descanso cada vez que aparecían, aunque, por suerte, últimamente tenían lugar con menor frecuencia. Y reconoció que, pese al tiempo transcurrido, aún seguía aterrada por lo que ese hombre podría ser capaz de hacer si daba con ella. Afortunadamente, hacía ya tres años que había abandonado Madrid y se había trasladado a Estados Unidos con la esperanza de desaparecer para Gabriel. Con la esperanza de poder emprender un nuevo proyecto, su propia agencia de publicidad, y con la intención de comenzar una nueva vida lo más lejos posible de sus recuerdos.
«No», pensó sacudiendo la cabeza con rotundidad. No desperdiciaría ni un segundo más de su vida pensando en ese canalla.
Apuró el último sorbo de café sentada en su pequeño sofá y se dirigió hacia el baño, despojándose de su camiseta de dormir y abandonándola sobre el lavabo.
El agua de la ducha sobre su piel resultó ser el mejor remedio para alejarla de sus malos pensamientos. Dejó a un lado a Gabriel y se concentró en la última campaña que había llevado a cabo junto a su socia, Jessica Myles. Se trataba de una publicista graduada con honores por la Universidad de Columbia a la que había conocido casualmente pocos días después de aterrizar en Estados Unidos. Ella trabajaba por aquel entonces como becaria para una de las más prestigiosas agencias de publicidad de la ciudad de Nueva York. Pese a su impecable expediente académico, sabía que no podía aspirar a nada más en la empresa, ya que las vacantes por las que ella suspiraba estaban cubiertas con creces. Así que le contó a Isolda sus locas ideas y pronto ambas se pusieron a buscar una oficina para emprender su proyecto en común.
Los comienzos fueron difíciles, pero, tras un año de serios problemas económicos, los trabajos comenzaron a llegar y ellas alcanzaron a ver la luz al final del túnel. Por fin el esfuerzo comenzaba a dar sus frutos. Últimamente no se podían quejar. Isolda no había vuelto a tener problemas para pagar el alquiler, e incluso podía permitirse el lujo de ahorrar un poco. Su último trabajo, una campaña para una cadena de quince restaurantes de comida rápida de la costa este, les había reportado liquidez y, lo que era más importante, muy buenas críticas. Se estaban forjando una reputación. La agencia de publicidad Abril & Myles comenzaba a ser conocida y reconocida gracias a su tesón.
Secó vigorosamente su cabello lacio y oscuro con la toalla y se miró en el espejo. Se veía más guapa que de costumbre. Había ganado algo de peso últimamente, y eso que su vida era de todo menos tranquila.
A las seis ya estaba lista para ir al trabajo. Era muy temprano, pero al menos en la oficina podría adelantar temas pendientes, en casa no tenía nada que hacer. Así que cogió el bolso y las llaves, se puso su abrigo y su bufanda y salió.
No llovía pero hacía frío. Las autoridades habían anunciado que sería el mes de octubre más frío de los últimos diez años, así que Isolda ajustó su bufanda y apretó el paso, lamentándose por no tener coche. Había tenido que vender su viejo Seat Ibiza antes de marcharse de España. Le habían dado casi mil quinientos euros por él, que había utilizado para comprar su billete a Nueva York: su pasaje hacia una nueva vida.
Pronto observó en la lejanía la boca del metro, desdibujada por la neblina de la mañana. Aún estaba oscuro, por lo que, de repente, el camino se le antojó más peligroso e inhóspito que nunca. Quizás debía haber esperado a que amaneciera para salir de casa.
Una ambulancia pasó junto a ella y la salpicó con un charco, haciéndole dar un salto hacia atrás. Isolda ahogó una palabrota y bajó la escalera del metro apretando su bolso contra sí, deseando que el tren no tardase, convencida de que dentro se sentiría mejor.
El andén estaba desierto, como si se hubiera acabado el mundo e Isolda no se hubiera enterado. Allí abajo olía a humedad, la lluvia de la noche se había colado poco a poco por la escalera y había invadido todo con un desagradable olor a cloaca.
Isolda miró la hora en su reloj. Las seis y diez. Rogó para que el tren llegara pronto, mientras sentía su corazón golpeando con fuerza en el pecho. ¿Por qué tardaba tanto hoy? No debía haber salido tan temprano como para…
—¡El bolso!
El grito de un desconocido pegado a su espalda la dejó completamente paralizada, y ni siquiera pudo gritar. Al momento sintió el frío acero en la garganta y tragó saliva con dificultad, aterrada.
—¡Dame también el reloj, zorra! —dijo con voz ronca el ladrón, tirando del bolso hasta arrebatárselo.
Sin mover la navaja, el hombre asió con brusquedad la muñeca de Isolda e intentó sacarle el reloj por la fuerza, pero este no se movió un ápice. La correa estaba demasiado apretada.
—Dámelo —susurró con ansiedad en su oído mientras exhalaba sobre ella su aliento, que apestaba a alcohol.  El filo de la navaja se clavó en la carne trémula de la mujer.
Isolda, paralizada por lo que pudiera suceder, forcejeó con la pequeña hebilla con las manos temblorosas hasta que el reloj se soltó y cayó al suelo junto a sus pies.
Entonces alguien se abalanzó sobre el ladrón sin darle tiempo a reaccionar. El cuchillo cayó con un ruido sordo y se reunió con el reloj de pulsera de Isolda, que salió proyectada hacia delante y estuvo a punto de caer a las vías. Tras recobrar la posición vertical se volvió hacia su asaltante, con la adrenalina circulando a borbotones por sus venas, y vio como otro hombre con aspecto de mendigo le propinaba un puñetazo en la mandíbula al ladrón. Este, que hasta ese momento parecía fuerte increpando a su víctima, soltó un quejido y cayó como un muñeco sobre el pavimento oscuro y mojado de la estación. Temblaba como una hoja y se movía de forma extraña, con los ojos muy abiertos sobre unas marcadas ojeras. En las comisuras de los labios tenía gruesas costras de saliva seca.
—¡Patrick, joder! —se quejó, intentando levantarse a duras penas—. Somos amigos, ¿lo has olvidado?
—Éramos amigos —respondió el recién llegado, con el puño aún apretado. Vestía como un mendigo, prácticamente como el otro. El pelo oscuro y revuelto le caía sobre los ojos, el resto de la cabeza estaba cubierto por la capucha de la cazadora de color negro. Unos vaqueros desgastados y unas zapatillas viejas componían el resto de su atuendo.
—¡Mierda, tío! Deberías recordar quién te conseguía antes lo que necesitabas —y se limpió la boca con la manga mugrosa, consiguiendo por fin ponerse de pie tras varios intentos.
—Lárgate, Luke.
—Patrick, necesito veinte pavos. Me estoy volviendo loco —miró hacia los lados, como si temiera que apareciera alguien más.
Isolda no se atrevía a moverse de donde estaba, tan solo se limitaba a observar a los dos tipos.
—Necesito pillar algo. ¿Llevas algo, amigo? —Luke se acercó al otro hasta casi caérsele encima. No mantenía muy bien el equilibrio.
—Sabes que ya no —la negativa reverberó contra las paredes desnudas de la estación—. Y ahora lárgate de aquí.
(...)

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